La
sopa de pollo seguramente ha sido parte de la dieta humana siempre que
ha habido pollos y que ha habido sopas. En el antiguo Egipto era
recetada para los resfriados y siguió siendo considerada un remedio
poderoso desde la antigüedad y a lo largo de la Edad Media. Avicena, el
médico persa del siglo X, era uno de sus promotores, como también lo fue
el médico judío del siglo XII, Moisés Maimónides, quien también le
recomendada para las personas que sufrieran de hemorroides, constipación
y lepra. La sopa de pollo llegó a ser conocida eventualmente como ¨la
penicilina judía¨.
A
lo largo de los años, los médicos y las madres por igual han
recomendado la sopa de pollo, a pesar de la ausencia -hasta hace poco-
de evidencias científicas para comprobar su eficacia. Según se informó
en el 2000 en la revista médica Chest, los investigadores del
Centro Médico de la Universidad de Nebraska descubrieron que la mezcla
de vitaminas y nutrientes que tiene la sopa de pollo tiene un efecto
antiinflamatorio, que aminora el crecimiento de los glóbulos blancos o
leucocitos llamados neutrófilos, que estimulan la liberación de moco.
Menos neutrófilos, que estimulan la liberación de moco. Menos
neutrófilos significa menos síntomas de la gripe.
Asimismo,
según el médico Irwin Ziment, neumólogo de la Escuela de Medicina de la
Universidad en Los Ángeles, la sopa de pollo contiene agentes
medicinales que se parecen a los que se encuentran en las medicinas que
se parecen a los que se encuentran en las medicinas modernas para tratar
el resfriado. Por ejemplo, un aminoácido que libera el pollo durante la
cocción tiene una semejanza química con la droga Acetilcisteína que se
receta para la bronquitis y otros males respiratorios.
Nuevas investigaciones llevadas a cabo en Japón y publicadas en el Journal of Agricultural and Food Chemistry,
muestran que la sopa de pollo puede incluso servir para combatir la
presión alta, porque la pechuga de pollo contiene proteínas colágenas,
que exhiben efectos similares a los inhibidores ACE, los medicamentos
más populares para tratar la presión alta. El investigador Ai Saiga y
sus colegas probaron en ratas de laboratorio el colágeno originado en el
pollo e informaron que encontraron una disminución significativa y
prolongada de la presión arterial.
Finalmente,
el vapor de la sopa abre las narices y pechos congestionados, razón por
la cual durante siglos los médicos han recomendado líquidos calientes,
desde el agua simple hasta estofados complicados para aliviar los
síntomas de la gripa.
La
conclusión que puede sacarse: no existen pruebas absolutas de que la
sopa de pollo pueda prevenir los resfriados, pero sí hay más que
suficiente evidencia de que puede aliviar sus síntomas. Sus otros
poderes todavía son investigados.